El 30 de junio de 1701, se había
recibido en el cabildo del Puerto de Santa María una carta del marqués de
Leganés, en la que ordenaba buscar alojamiento para las milicias de la Compañía de Caballería
que estarían al mando del teniente general D. Félix de Vallarón.
En
diciembre de ese mismo año, las galeras de Francia arribaron al río Guadalete
para unirse a las que integraban la armada española, con el fin de pasar todo
el invierno protegidas con palmas, según las instrucciones del marqués de
Montelui, comandante en jefe de las galeras.
En
mayo había jurado como Capitán General, D. Francisco del Castillo y Fajardo,
marqués de Villadarias, experto militar que prepara las milicias de infantería
y caballería para hacer frente a la amenaza que se cierne sobre el Puerto,
preparando a sus soldados para que se hallen listos a ocupar sus puestos de
defensa. Había acudido a la ciudad gaditana desde Ceuta, que estaba siendo
asediada por fuerzas musulmanas. Dos meses después, en julio, se procede a
ordenar el reparto de las armas al cabildo, aunque surgen dudas sobre quién
ostentaba la competencia para hacerlo, si las autoridades locales o los
capitanes de las milicias. Estas, provenían de ciudades como Jerez, Sevilla y
el Puerto, pero se trataba de gente inexperta para la guerra, trabajadores del
campo, y se plantea un problema frente a los ejércitos veteranos enemigos,
además de hallarse en clara inferioridad numérica.
La
plaza de Cádiz contaba con un buen sistema de murallas, como el Campo del Sur,
disponía de cañones nuevos, ayudada por los fuertes de Matagorda y Puntales,
bien pertrechados, que cerraban el paso al segundo seno de la bahía, que
ofrecía mejor terreno para el desembarco. En cambio, el Puerto de Santa María
adolecía de murallas muy antiguas, caídas y derribadas hacía tiempo, sin
renovar, tenía barrios fuera del perímetro amurallado, debido al crecimiento de
la población, sin proteger, como ocurría en las ciudades de Rota o Jerez.
Solamente el castillo de Santa Catalina alcanzaba un nivel suficiente de
defensa junto a Cádiz, ante la flota invasora. El duque de Medinaceli había
venido descuidando demasiado estas defensas a lo largo de los años, debido
entre otras cosas a la mala política económica y la falta de recursos. Ahora era
demasiado tarde.
Cerca
del castillo de Santa Catalina se hallaban los baluartes de Fuente Bermeja, y La Puntilla, pequeños, poco
artillados y deficientes en sus materiales. No había casi reductos ni parapetos
para la gente de guerra, que tuviesen una eficacia realmente buena.
Las fuerzas españolas.
En 1702, las
tropas que entablarían combate en El Puerto de Santa María, en Cádiz, estaban
compuestas en principio por los 150 hombres de infantería dirigidos por el
Capitán General, marqués de Villadarias, una compañía de caballería compuesta
por 30 jinetes al mando de D. Félix de Vallarón, mientras en Cádiz había 300
hombres al mando de un napolitano, el marqués D. Escipión Brancaccio, gobernador de la plaza, unidos a las milicias urbanas
de las citadas localidades, que habían sido reclutados para formar en la línea
de avance costera, y patrullar la zona en prevención de un ataque.

Entre
los nombres que han llegado hasta nosotros, figura el sargento mayor de la
costa, D. Martín Díaz de Mayorgas, encargado de revistar las milicias de Rota y
El Puerto de Santa María, el capitán Francisco de Arévalo, que había sido el
encargado de vigilar la bahía para ver aparecer la flota invasora, o el cabo de
Escuadra de a caballo, Roque Ramos, encargado de comunicar a Villadarias la
noticia del avistamiento del ejército enemigo.
En
Rota había una compañía de 60 caballos al mando del capitán D. Juan de Vera, el
único oficial, bajo las órdenes de su corregidor D. Francisco Díaz Cano, más
tarde acusado de rendir la plaza al enemigo.
El
castillo de Santa Catalina contaba con una defensa de 28 cañones de mediano
calibre (8 a 12 libras), el fuerte de Matagorda con 18 cañones similares y 50
hombres de dotación, mientras el fuerte de Puntales contaba con otros 28
cañones iguales. La flota de defensa en primera línea estaba formada por 6
galeras españolas y 3 francesas, además de 3 navíos españoles, que harían
frente a la flota si lograba traspasar el primer seno de contención.
En
la bahía de Cádiz, esperaban fondeados 4 bajeles y 6 galeras de Francia,
comandadas por el conde de Fernán Nuñez, a pesar de saber que aquellas fuerzas
serían insuficientes desde el primer momento. El sargento mayor de Cádiz, D.
Francisco Melo, había entregado al barquero Pedro Enríquez municiones para
Rota, por haberlo solicitado su gobernador, pero antes de salir, fueron
confiscadas para El Puerto de Santa María, por estimarlo más necesario, y que
consistían en 500 balas de mosquete y arcabuz, y 4 barriles de pólvora.
Hacia la guerra
Después
de 4 días de navegación desde las islas británicas, y tras detenerse en Lisboa,
para recoger al príncipe Jorge de Darmstat, antiguo virrey de Cataluña que
habría de representar a la Casa de Austria, la flota aliada llegó a Cádiz sin
hallar rastro de la Flota de las Indias, su principal objetivo. Cuando
finalmente aparecieron en el horizonte gaditano, el corregidor del Puerto de
Santa María, D. Antonio de la Rocha Solís, reunió apresuradamente al cabildo en
consejo, decidiendo colocar vigías para
controlar los movimientos del enemigo. Se tocaron las campanas de las iglesias,
se encendieron las almenaras de las torres de costa y la gente comenzó a
recoger sus enseres, con la intención de abandonar sus casas.
La Flota aliada se reunió
acordonando toda la bahía de la ensenada entre Rota y el límite del primer seno
de Cádiz, listos a presentar batalla sin previo aviso, aunque no atacaron nada
más llegar, puestos que se les presentaban varios problemas... La Armada aliada
estaba bajo el mando del almirante George Rooke, que navegaba en el navío
Ranelagh, y la infantería de tierra, bajo las órdenes de James Butler, duque de
Ormond, que eran asistidos también por el barón Sparr, al mando de las tropas
holandesas, y el almirante Allemond, al mando de la flota bajo pabellón de las
Provincias Unidas; se trataba de una fuerza de unos 14.000 infantes, sin sumar
la tripulación de las naves, con la que alcanzaría un ejército de más de 30.000
hombres.

La
primera noche, los altos mandos de la escuadra tuvieron que hacer consejo de
guerra para decidir el mejor plan de ataque. La primera idea de atacar Cádiz
inmediatamente fue descartada, porque su artillería era demasiado peligrosa
para las naves, al dominar poderosamente el paso. La idea tan fácil que habían
tenido de dominar el conflicto y al pueblo, en dos días, les contrariaba de un
modo contundente. Tuvieron que hacer aguada para la flota, y en el desembarco,
a pesar de estar protegido por la poderosa artillería naval, sufrieron unas
cuántas bajas, para lograr llenar apenas unos barriles de agua en una fuente,
cerca de la playa de las dunas, cañoneados por las baterías de Santa Catalina y
los baluartes cercanos.
Los
ataque llevados a cabo por sus bombardas, apenas causaron unos pequeños daños
en la torre principal del castillo, antes de retirarse. Al día siguiente,
tuvieron que fondear los bajos para asegurar una cabeza de playa, que no
obstante, quedaría demasiado lejos del lugar aconsejable. Cuando por fin
lograron hacerlo, pusieron pie en tierra por los Cañuelos, pero un imprevisto
temporal les echó muchas lanchas a pique, causándoles muchos muertos, y las
operaciones se hacían lentas y dificultosas. Se ordena atacar Rota en primer
lugar, para asegurarse el acceso por tierra. El 26 de agosto de 1702, sobre las
10 de la mañana, la flota invasora comienza a bombardear intensamente los
baluartes y el castillo de Santa Catalina desde el mar. Echan botes al agua y
desembarcan unos 6000 hombres en los barrancos de los Cañuelos, a los que
enseguida presentará combate Vallarón con su caballería, pero la enorme
superioridad numérica de los enemigos, descarga una cerrada fusilería sobre los
españoles, muriendo todos, incluido él.
Una
vez en Rota, los oficiales superiores aliados envían una carta al gobernador de
la ciudad, D. Francisco Díaz Cano, y las autoridades del cabildo, invitándoles
a rendir la plaza, abrazando la causa austracista. Sin embargo, considerando
que es imposible enfrentarse a un ejército como aquél, deciden abandonar la
ciudad por la noche, amparados en las sombras, llevándose todo lo que pueden
cargar con ellos. Más tarde, Díaz Cano se reuniría con Villadarias para
informarle de la pérdida de Rota el 27 de agosto a manos de los invasores, los
cuales se beneficiaron del muelle de su puerto para hacer el desembarco con
seguridad. Llevaban 2000 caballos frisones y 12 piezas de artillería de
campaña.
Una
vez organizado, el ejército enemigo se dirige por tierra hacia el Puerto de
Santa María, atravesando los campos del oeste. Desfilando en compañías,
avanzaban tocando tambores y clarines militares, con sus enseñas y pendones. El
duque de Ormond repite el protocolo, enviando una carta a Villadarias, que la
contesta negándose rotundamente a la rendición, y reconociendo como su rey a
Felipe V. El duque vuelve a instarle a capitular, a lo que el Capitán General
español vuelve a negarse.