sábado, 6 de septiembre de 2014

LA INCREIBLE LEYENDA DE LA BUZZE II


Aunque los documentos originales sobre su nacimiento en Calais, están desaparecidos, existen datos que relacionan a Levasseur con capitanes como Benjamín Hornigold, Roger Wood y Barbanegra, a través de la legendaria nación de Libertalia, la república supuestamente creada para formar un gran ejército de piratas, ya que todos ellos vivieron en el mismo período en aguas del Caribe, aunque Edward Teach, alias Barbanegra, murió en 1718, atrapado en una emboscada dirigida por el teniente Maynard. La idea de Levasseur era aprovechar un momento de tranquilidad para reunir una buena tripulación con objeto de emprender nuevas acciones en el mar.

En este momento de la Historia, la isla de Borbón o Bourbon, era uno de los centros neurálgicos del intercambio comercial entre piratas y habitantes del puerto, tal como había sido en pasados tiempos Jamaica, la Española, Tortuga o el archipiélago de las islas de Sotavento, en el mar Caribe. Allí se revendían los botines capturados por estos filibusteros a bordo de las naves que integraban aquella encrucijada comercial indiana, poniendo en un serio aprieto al rey de Francia además de otros países, que ven peligrar la seguridad de sus flotas, mientras ponen en ridículo a las armadas reales. En sus muelles, los piratas adquieren productos necesarios para sus correrías, pagándolas en efectivo a los proveedores, por lo que aquello se convierte en un negocio lucrativo.
 

Las monarquías de Europa, cuyo poder comenzaba a alcanzar un rango de potencias comerciales, temían que la unión de todos los piratas del Caribe formase un auténtico ejército difícil de combatir. Debido a ello, los antiguos Hermanos de la Costa fueron perdonados mediante un decreto general de amnistía que exigía abandonar la piratería a cambio de librarse de la horca, a lo que se acogieron la mayoría de ellos, de los que una buena parte vivía en la isla de Reunión. Olivier La Buzze, no llegó a enterarse de este decreto porque tardó mucho en desembarcar en ésta isla, y siguió operando por su cuenta en el mar, hecho que fue traducido por las autoridades como rebeldía ante el ofrecimiento de perdón, y mientras sus antiguos compañeros de correrías eran absueltos de sus delitos, Olivier se convirtió en reo de persecución. Por ello, cuando el Halcón, como era conocido por muchos, fue ahorcado en 1730, sus compañeros no hicieron nada por salvarlo, aunque se sabe que los antiguos Hermanos de la Costa, tenían una especie de hermandad clandestina que les ayudaba a perpetuar el conocimiento de sus secretos, manteniendo ocultos muchos de sus enterramientos o pecios localizados, lo que ayudó a que Olivier fuese una figura respetada y admirada por los piratas para la eternidad. Ya a finales del siglo XVII, cuando los filibusteros del Caribe habían comenzado a dirigirse al mar de la India, las potencias europeas, que deseaban proteger sus cargamentos, negociaron un convenio con los piratas, ofreciéndoles un lugar para vivir si aceptaban convertirse en colonos. Entre 1720  y 1730, el jefe de las cuatro principales familias filibusteras de Madagascar, fue uno de aquellos antiguos capitanes arrepentidos que logró comenzar de nuevo y abandonar la piratería. La mayoría de todos aquellos bucaneros, cesó la actividad de los abordajes y se convirtieron en ciudadanos pacíficos que gozaban de la indulgencia ofrecida por el rey de Francia, por lo que sus naves quedaron abandonadas en los puertos, pudriéndose sin navegar. Pero no todos se encontraban en aquella situación.


El sector de investigación sobre las acciones piratas, discurre en la zona alrededor de las islas Mascareñas, donde existen cementerios de barcos en los bancos de arena de la isla de Santa María o Nazareth, al oeste de Madagascar. Los antiguos mapas no muestran con la suficiente precisión las rutas que se seguían en la India Oriental, y que convergían al pasar el cabo de Buena Esperanza, en una franja de mar entre Madagascar y la isla de Francia, en el canal de Mozambique. Las naves de la Compañía de las Indias Orientales, utilizaban la isla de Francia y la isla de Bourbon, para que les permitiesen el avituallamiento de agua y alimentos frescos al hacer la ruta entre las islas de Malabar y la costa de África. Los vientos alisios les permitían navegar entre la isla de Francia y el cabo de Buena Esperanza en apenas unas semanas.

Sin embargo, esta ruta comercial intensa, era igual de buena para los mejores piratas que exploraban el Mar de la India, porque por ella circulaba una corriente de objetos preciosos muy valiosos que viajaban a bordo de grandes fragatas y corbetas, oro, plata, diamantes, especias, telas, maderas exóticas, etc. Los halcones acechaban a sus presas entre la isla de Francia y la isla de Bourbon, donde se contaban historias en las tabernas y en los puertos por parte de marineros que cuando bebían, hablaban demasiado, constituyendo una buena fuente de información que les permitía conocer cuál era la presa buena que se haría a la mar. Para ello, los capitanes colocaban como vigías a los piratas que tenían mejor vista y conocimiento para distinguir las velas comerciales de las naves de guerra. Uno de los destinos más populares fue la isla de Santa María, puertos de Nosy Bohara o Ibrahim. Esta isla ofrecía magníficos fondeaderos que proporcionaban un excelente refugio contra las tormentas, ciclones y vientos frescos, ayudándoles a llegar rápidamente a Madagascar sin perderse. Además en esta isla se encontraba fácilmente madera y agua para abastecerse.
 



Olivier La Vasseur había llegado al Indico para realizar una campaña abordando barcos junto al capitán pirata John Taylor. Para ello los dos piratas se dirigen en principio a la isla de Bourbon, hoy Reunión, a donde arriban en la mañana del día 20 de abril de 1721. El día 26 de abril, La Buzze y Taylor alcanzan la bahía de Saint Denis, en la que descubren dos barcos que se están reparando, los portugueses Nuestra Señora del Cabo y el San Pedro. La primera de estas naves posee 800 toneladas de arqueo y 72 cañones, había sido dañada por los temporales en la navegación realizada a través de la ruta seguida entre la India y Portugal. En ella viajaban el virrey de la India, conde de Ericeira, Luis Carlos de Ignacio Javier de Meneses, así como el arzobispo de Goa, don Sebastián de Andrade Pessanha, junto a un rico cargamento de diamantes, joyas, lingotes de oro y plata, perlas, telas de lujo, especias y exquisitos muebles, cuyo valor han estimado algunos investigadores en 4,5 millones de euros. Entre las piezas más valiosas, la leyenda cuenta que figuraba la Cruz de Fuego de la catedral de Goa, de oro macizo y con un peso de más de 100 kg., por lo que se necesitaban tres hombres para moverla.

Los dos capitanes piratas observaron con sus catalejos que los cañones de la nave mayor, el Nuestra Señora del Cabo, estaban desmontados, y la tripulación estaba ocupada en las labores de reparación y calafateo, por lo que navegan hacia el noreste despacio, aprovechando los alisios, acechando a las naves conscientes de que se trataba de una presa indefensa. Este barco portugués se había refugiado allí de las violentas tormentas del océano, procediendo a la reparación del casco y los aparejos. La isla de Bourbón se había convertido desde 1657 en un puerto de escala para la Compañía de las Indias Orientales. Para conectar los barcos grandes con tierra se usan embarcaciones menores, pues el fondo de la bahía tenía apenas unas docenas de brazas, y las navíos más pesados apenas se podían acercar al muelle. Mientras los carpinteros sustituyen piezas dañadas con la madera traída desde la isla, reparando también el timón, los marineros reponen velas y aparejos, por lo que el Nuestra Señora del Cabo se halla incapaz de maniobrar, amarrada bajo sus dos enormes anclas.

Las naves filibusteras se acercan despacio a la bahía de Saint Denis, disparan algunos tiros de cañón para animar a sus víctimas a rendirse, como era la costumbre, antes de entablar combate. Los disparos alertan al gobernador Desforges-Boucher, que se encontraba en la terraza de su rica mansión, en compañía del virrey de Goa. En tierra, los habitantes de la localidad, se reúnen para observar impotentes el ataque de los piratas en la bahía, pero las naves inglesas se acercan a gran velocidad, aprovechando que el barco portugués estaba desarmado, y su tripulación en tierra. La campana de a bordo del navío Nuestra Señora del Cabo pone en guardia a la tripulación y la infantería, pero la fuerza de ataque enemiga supera la cobertura artillera de 74 cañones, mientras un conjunto de 480 piratas, después de reemplazar las banderas inglesas por pabellones negros con calaveras, se lancen sobre el buque insignia portugués. Aunque el virrey consigue llegar a bordo, sus hombres son pocos y no pueden superar la contienda. Una vez tomado el control de la nave, los piratas celebran su victoria, hacen un registro de la nave encontrando diamantes, cabezas y esculturas de oro macizo, cofres llenos de monedas de oro y joyas, telas de seda, especias, muebles, lingotes de oro y plata, objetos litúrgicos, etc. Los capitanes celebran el éxito entre borracheras y comilonas durante varios días, antes de hacer un primer reparto. La tripulación superviviente es abandonada en tierra.

 

viernes, 8 de agosto de 2014

LA INCREIBLE LEYENDA DE LA BUZZE


          Hace años, llegó hasta mis manos un interesante libro sobre investigación submarina que llevaba por título “Fondo”, una de esas obras que secuestran los sentidos y te dejan un buen recuerdo. Publicado en 1978 por el científico Eduardo Admetlla, que entre otras cosas, hacía buenos programas de televisión, documentales y demás, al estilo de Jacques Cousteau en versión española, se convirtió en un libro muy especial.

            Entre los capítulos que componen la obra, aparece uno que habla de una antigua historia perdida en las brumas de los tiempos, y que relata la leyenda de la búsqueda de un tesoro, el tesoro de un pirata francés, cuyo rastro parece que sigue vivo. Las historias de piratas y oro enterrado siempre suscitan cierta ironía, pues se suele decir que todas son iguales, o que unas han sido adaptadas a otras, de manera que al final no se sabe a ciencia cierta qué es verdad, y qué es inventado.

            Sin embargo, la historia de este filibustero es distinta. Resulta que es una de las pocas que está bien documentada, confirmada y guiada de la propia mano de su protagonista, que por alguna razón desconocida, deseó darnos la oportunidad de encontrarlo, de conocer sus secretos, al precio de ser capaces de entender su historia, sus motivaciones, su mundo y su época, al precio de lograr descifrar sus pasos, aunque para ello se impone casi pensar y sentir como sentían aquellos hombres en aquel lugar y momento.

            Os invito a todos a sumergirnos en una aventura realmente fascinante….

            Año 1730. Un hombre sube al patíbulo para ser ahorcado. Se trata del pirata francés Olivier La Vasseur, alias La Buzze (la lechuza o el buitre), un marino de noble cuna que había nacido en Calais, en 1680, la leyenda dice que era hijo de François Levasseur, antiguo pirata que se convirtió en gobernador de la isla Tortuga, y que pasó su infancia con su niñera porque su madre murió al dar a luz, aunque a raíz de las investigaciones, se sabe que François Levasseur murió en 1652, por lo que los datos no son muy fiables del todo, ya que, teniendo en cuenta que Olivier fue ahorcado en 1730, esto haría que fuera condenado con 78 años, algo que resulta del todo irreal. Según la obra
de Alexander Olivier Exquemelín, el Levasseur localizado alrededor de 1620, no tuvo descendencia, por lo cual se deduce que nuestro hombre pudo descender de alguna de las ramas francesas relacionadas con éste. Otras versiones aportadas por Charles Ronciére, encargado de la Biblioteca Nacional, autor del libro “El pirata misterioso”, afirman que el padre de Olivier pudo haber sido un tal Paul Levasseur, capitán pirata que en la década de 1666, pudo haber llevado ingleses a las costas de Calais, pero la información sobre su identidad es prácticamente inexistente.
 
            Lo cierto es que su padre lo enseñó el arte de navegar, trasmitiéndole como un legado las ideas de que dominar los mares era convertirse en dueño y señor del mundo, al mismo tiempo que aprendió que la fortuna estaba en el mar, en las flotas españolas, portuguesas e inglesas que atravesaban las rutas del comercio indiano. Recordemos que desde 1680, las nacientes potencias mundiales no protegían ya la piratería como en los tiempos pasados, especialmente porque la mentalidad de los nuevos filibusteros no distinguían sus propias banderas de las del resto de los países, amigos o enemigos, y entre ellos se hallaba nuestro amigo Olivier.

  Olivier Levasseur había navegado junto a su padre en el navío Reina de las Indias, donde se convirtió en un veterano marino, pero caído su ascendiente en desgracia, fue desterrado y la nave que mandaba permaneció mucho tiempo anclada en los muelles sin navegar, algo que incomodó a Olivier, que era un aventurero. Su padre le aconsejó alejarse del Caribe, porque operaban en aquellas aguas demasiados filibusteros, no era una zona segura ni fiable, había demasiada competencia disputándose los barcos que transportaban las riquezas del continente americano. Mientras navegó con su padre, Olivier formó parte de los restos desaparecidos de Los Hermanos de la Costa, que habían estado operando en las Antillas con base en Providence, en las Bahamas. Sabemos por documentos originales, que Levasseur había estado navegando por las costas africanas, sin mucho éxito para hallar presas buenas, por lo que desembarcan en el continente para aprovisionarse de agua y suministros, y se dirigen hacia el Indico. Levasseur entonces comienza a dar muestra de gran astucia, valor y brillantez en sus acciones entre los piratas.
 
Una de sus acciones fue el abordaje de la nave Duquesa de Noailles, que se hallaba sin movimiento en un mar calmo por falta de viento, circunstancia que aprovechó Levasseur para acercarse, y tomar la nave, supuestamente con el ataque realizado en botes. Los primeros rastros documentados sobre él nos llegan de sus operaciones en Sierra Leona, donde se dedicaba a cazar esclavos, al mando de un barco de 26 cañones y 200 hombres perteneciente a la flota del capitán Davis y el capitán Taylor. 
 
Hacia 1710 el comercio en el Caribe había ido decayendo algo, y la piratería allí ya no era tan efectiva; su padre le habló sin embargo de las formidables fortunas que cruzaban las rutas de la India, en los mares orientales, por donde circulaba el comercio de las especias y materiales preciosos como las joyas de los jeques árabes, atravesando el cabo de Buena Esperanza. Por ello, La Buzze se dedica a abordar a los navíos que hacían la ruta de regreso de oriente, encontrando mejores botines que los cobrados. Pero en una tormenta, pierden la Reina de las Indias, y el capitán Taylor invita a Oliver a comandar uno de sus barcos, debido a que se había quedado sin capitán. Levasseur acepta a cambio de quedarse entre ellos y participar de sus correrías, porque Olivier no formaba parte de los hombres de Taylor, de modo que se dirigen a la isla de Francia (Mauricio), y más tarde a la isla de Bourbón (Reunión).
 

A la muerte de su padre, nuestro protagonista decidió embarcar de nuevo en el Reina de las Indias, donde navegaría como segundo capitán. Tiempo después, consigue armar ésta nave de nuevo, y reuniendo un grupo de hombres formada con antiguos miembros de su tripulación y amigos, se hace a la mar rumbo al océano Indico, entre los que se encontraba el capitán Moody. Se sabe que las zonas en las que operó seguían tres posibles rutas al nordeste. Uno de los caminos se hallaba en el canal de Mozambique, entre las Mascareñas y Zanzíbar, otro pasaba entre Madagascar y  la isla de Borbón, hacia el archipiélago de las islas de Malabar. El último pasa al sur de la isla de Borbón, en dirección a Sumatra, atravesando el estrecho de Malaca. Años antes, hacia 1716, Olivier La Vasseur había conseguido del gobierno francés una patente de corso con el que asaltar barcos para su rey, compartiendo con éste una parte del botín, tal como era la costumbre entre los corsarios que navegaban para su país, pero el éxito de sus empresas lo había llevado a ambicionar aún más, a convertirse hacia 1719 en caudillo de piratas, con talento, respeto y conocimientos que su gobernante ignoraba por completo, lo que le ayudó a confiar en su astucia demasiado, pensando que jamás lo iban a capturar. Tenía fama de altanero, valiente y culto, ya que su origen de noble cuna lo diferenciaba del resto de los piratas de baja estopa que solían navegar por todos los mares. Había llevado una vida intensa, llena de viajes, aventuras y riesgos, pero la había aceptado sopesando lo que se jugaba si fracasaba en sus ambiciones.

 

viernes, 6 de junio de 2014

SOPLAN VIENTOS DE HISTORIA III


 
La vida y el entorno en el s. XVII

            Las casas palacio de los cargadores eran auténticos emporios de riqueza y ostentación, pues ciertamente, diseñados al estilo renacentista por arquitectos franceses e italianos, representaban el nivel y opulencia de sus propietarios, y de este modo se hacían admirar y respetar dentro de sus propios círculos políticos y comerciales.

            Solían mostrar en la parte alta de sus entradas sus escudos de armas, blasonados en piedra y rodeados de esculturas exquisitas y adornos tallados. En estas casas señoriales había un pozo en los patios, lo cual era un lujo, teniendo en cuenta que normalmente había que ir al río o a las fuentes a buscar agua. En el s. XVII se usaban los pozos nevera para refrescar bebidas, usando nieve que se traía de la sierra.
 


            Los vinos afamados eran los andaluces de Guadalcanal y Cazalla de la Sierra o Madrigal, Alaejos y Coca. Todas las clases sociales consumían vino, desde los más humildes a los más ricos. Se almacenaban en pellejos, que hacían que éste tuviese un sabor a pez, o en barreños y tinajas de barro, lo cual ayudaba a avinagrarse rápidamente, aunque en el reino de Aragón en cambio, era uno de los escasos lugares donde se usaban los barriles con duelas para almacenarlo. El vino mezclado con miel (hidromiel) era una bebida típicamente nórdica, que además fue trasmitida a Europa desde el s. VIII, y se le añadían especias para mejorar su calidad y sabor. El hipocrás o la garnacha llevaba 3 tipos de uva, azúcar, miel y canela.

            Las clases nobles tomaban chocolate con dulces de hojaldre, pestiños o buñuelos, pero las clases humildes vivían de la limosna o las sopas de conventos, se les llamaba sopistas o brodistas por este hecho. El lugar para comer, común a todos los hogares era la olla, por lo que lo único que distinguía a las personas era lo que había dentro de ella.

            Normalmente, para comer se preparaba una mesa compuesta por tablas sobre caballetes, que se llevaba al lugar común o se sacaba de la cocina, porque los comedores solo existían en las casas nobles. El anfitrión o cabeza de familia, se sentaba siempre en la cabecera de la mesa presidiendo a los demás. La vajilla era de barro o loza, la plata era solamente para los nobles. Había jarras o morteros en las alacenas, y se lavaban frotando con hojas o con arena en agua, a la que se añadía vinagre para limpiar bien. En las casas nobles primero solía probar la comida el maestresala, antes de pasarla a los señores, evitando así que si estaba envenenada, éstos cayeran víctimas de una conspiración.


            Cuando acababan de comer, los nobles se lavan las  manos con un aguamanil, con toallas y jabón, según la costumbre de la época. El mejor jabón de entonces era el fabricado en Nápoles. Se usaba el cuchillo o las manos, pero el tenedor no existió hasta el s. XVIII, inventado al parecer por artífices italianos en el siglo XI. Entre las gentes de clase alta no debían de chuparse los dedos, debiendo lavarse al terminar un plato. Las damas solían usar guantes en la mesa para comer. Todas las vajillas se guardaban en alacenas incrustadas en los muros, que habitualmente estaban cubiertas con cortinillas, o en armarios de madera.

            Entre las clases populares se consumía pan untado en aceite o vino, la sopa engordaba con este pan llamado gallofa. Las clases altas lo tomaban blanco, y los pobres lo tomaban moreno, pues había una diferencia entre el pan de trigo y el de centeno. Otro alimento era la mazamorra, un compuesto de harina de maíz, azúcar y miel, con el que se formaba un bizcocho duro y seco, que comían los pobres y los galeotes de las naves, que duraban muchos días sin corromperse, de poco sabor y pocas calorías. Un pan blanco muy alabado era el rubión o el trechel. Con una blanca, que era medio maravedí, se podían comprar sardinas saladas. Las clases menos pudientes comían poca carne, salvo en las grandes fiestas, bodas o celebraciones especiales. Las más consumidas eran las aves, pollo, gallina y todo tipo de caza que los nobles solían comer a diario. También cabrito, liebres y queso bien curado, así como cerdo, mollejas, menudos, tripas, acompañados de salsas fuertes o especias. Los huevos eran un producto caro y estaban muy cotizados. La capirotada era un plato de lujo (ajos, aceite, hierbas, todo mezclado con una docena de huevos batidos, que se vertía sobre la carne cubriendo con capirote).

            En España se podía comer un plato consistente en despojos, tocino magro y gordo, pescuezo, cara y cola, asadura, corazón, pulmón y menudillos. Todo esto se podía tomar el sábado como día de semivigilia, lo mismo que los huevos, los cuales eran de abstinencia para los católicos, excepto en España debido a la Bula de la Santa Cruzada, que permitía a los españoles tomar huevos, leche y queso en Cuaresma. El bacalao era comida de gente humilde, por lo que los nobles no lo tomaban. Esto era sí porque se relacionaba este pescado con la gente morisca, de los que se decía que eran aficionados al pescado barato, como las sardinas. Los labradores comían migas con tocino, pan con cebolla, ajo o queso, y por la noche preparaban una olla de berzas o nabos con un poco de cecina.
 


            Las especias eran propias de la cocina islámica. Usaban azafrán, clavo, jengibre, canela (que era la más usada), cardamomo, nuez moscada, pimienta y toda clase de plantas aromáticas, perejil, orégano o tomillo. El ajo era muy usado y también la sal. Pero servían más para enmascarar la mala carne que para otra cosa, ya que cuando ésta se encontraba un poco podrida o en mal estado, se comía igual, y de este modo sabía algo mejor. El olor a ajo y cebolla era un detalle que delataba a las gentes humildes.

            Además de las costumbres culinarias en este momento histórico, existían otras muy curiosas, tales como los hábitos en el vestir. Las clases humildes solían vestir en su trabajo con prendas de cáñamo, que resultaban ciertamente ásperas aunque resistentes, y cuando debían asistir a algún lugar en sociedad, podían elegir el lino o el algodón como materiales para sus ropas. Normalmente se vestía una camisa de lino bajo un chaleco o chaquetilla en conjunto con un jubón de faldón largo o corto, aunque las mujeres vestían camisola y vestido, con una saya o sayón que casi siempre era de lino. Tanto unos como otros usaban medias o calzones bajo la ropa. Las prendas más habituales también era frecuente que estuvieran confeccionadas con lana, que abrigaba más. En el siglo XVII, entre la gente de
mar estaban de moda las casacas de cuello redondo de lona abotonadas, fuertes y resistentes tanto al desgaste como a la humedad y el frío. Entre los tejidos de mayor calidad figuraban la seda, las muselinas, el chifón, crepe, terciopelo, damascos, brocados y rasos, que formaban parte de los trajes y vestidos de los más ricos, alternando piezas diversas en las que jugaban principalmente los colores negro, azul marino, oro y rojo. Aunque los trajes iban rematados por cuellos de tela fina, las clases altas ostentaban las gorgueras, en forma de lechuguilla con vueltas, coronando uniformes y ropas de gran sobriedad, mientras las mangas estaban acabadas en unos remates llamados festones, que adornaban los bordes de las prendas, y que en los hombres eran ribetes de finas telas o encajes. Solamente la nobleza estaba autorizada a portar armas, que solían llevar sujetas a unos anchos cinturones con brillantes hebillas, que cruzaban la cintura o el pecho.

            Se usaban sombreros castor de ala ancha, muy extendidos sobre todo entre la gente campesina, o casualmente, a finales de siglo los sombreros de pico, aunque éstos circulaban más entre ingleses, holandeses y franceses que entre españoles, y entre éstos últimos, eran más habituales entre hidalgos y nobles. Los marineros portaban gorros redondos de lana o capuchas de lona engrasada. De vez en cuando, se observaban sombreros con cierta copa, adornados por cintas con hebillas.

            El calzado entre los hombres consistía en zapatos bajos para vestir y botas o sandalias en el día a día, unas piezas que confraternizaban con las botas altas de taco entre los hidalgos además de las clases altas, además de entre la gente de mar. Las damas de alcurnia calzaban un tipo de zapatos llamados chapines, que eran de mucho lujo, y les protegían mayoritariamente del barro de las calles. Entre las mujeres de alto rango los peinados eran muy importantes, ya que destacaba una moda, que a finales de siglo se impuso desde Francia, bajo la corte de Luis XIV, y que tuvo un gran auge en toda Europa. Estos mostraban tirabuzones ensortijados, que se adornaban con lazos, joyas, velos y mantos de telas costosas. Las doncellas se hacían grandes tocados con gasa de muselina o sedas finas. También encontramos los verdugados o los guardainfantes, que eran una especie de saya acampanada, formada por una estructura de alambre, madera o ballenas que abrían la falda por debajo, haciéndola amplia, y se acompañaba de corpiños apretados o jubones, cuya parte alta mostraba grandes escotes atrevidos y provocativos.


 
Los precios y la economía de la época.

         Las fortunas de los grandes terratenientes, los nobles, cargadores e hidalgos marcaban una gran diferencia frente a las gentes humildes, especialmente en los momentos en que en pleno s. XVII, la crisis económica invadió España, azotando trágicamente a unos y a otros.

            Entre las equivalencias  monetarias de los siglos XVI y XVII encontramos las siguientes:

1 ducado de oro del siglo XVII equivalía a unos 20 euros actuales (3000 pesetas antiguas).

1 ducado castellano de oro (3,49 gramos) = 375 maravedíes.

1 real de plata (3,43 gramos) = 34 maravedíes = 11 dineros y 4 gramos.

1 escudo de oro = 350 a 510 maravedíes (el escudo de oro sustituyó al ducado en 1537 para volver éste último a circular después)

1 doblón de oro = 1020 maravedíes

1 real de a 8 de plata = 272 maravedíes (escudo de plata)

1 real de a 4 = 136 maravedíes (medio escudo de plata)

1 real de a 2 = 68 maravedíes

1 real sencillo = 34 maravedíes

Medio real = 17 maravedíes

1 blanca (1,197 gramos)  = Medio maravedí = 7 gramos

            Un arriero o jornalero venía ganando alrededor de 17 maravedíes al día; el de un criado al servicio de la nobleza rondaría entre los 30 y los 300 reales al mes, es decir, el equivalente a un sueldo entre los 32 y los 326 ducados al año, aunque esto dependía del nivel de los servicios de ese criado y la alcurnia del personaje al que sirviera. Como diferencia entre los ingresos debido a las clases sociales, basta comentar que el  marqués de Villena tenía unos ingresos anuales de 100.000 ducados, y un campesino venía ganando 1 ducado al año. Un albañil podía tener hacia 1650 unos ingresos que oscilaban



entre 11 y 12 reales al día, y 16 reales hacia 1679. Un obrero no especializado recibía 7 reales al día en ese  mismo año, pero un carpintero especializado, como era el caso de los que trabajaban en astilleros, podía ganar hasta 22 reales si era oficial.

 
          En este sentido, el precio de los objetos de cocina o prendas de vestir sencillas se comerciaba por un precio que iba desde 15 maravedíes hasta los 120, pero una esclava de 28 años, sana, valía unos 150 ducados, que en el caso de un esclavo sano y fuerte podía llegar a los 300 cuando era joven, lo mismo que un galeote prisionero prendido en una batalla.

            Un general de la Armada cobraba unos 4000 ducados al año. Un capitán de barco podía llegar a ganar una media de entre 20 a 30 reales al mes por sus servicios, es decir, unos 350 ducados al año o en ocasiones, si era veterano, unos 27 escudos al mes, y un marinero alcanzaba una paga de unos 48 ducados al año.
 


            La construcción de una nao o un galeón superaba frecuentemente, a finales del siglo XVII, los 2 millones de ducados, y aún había que armarlo, fletarlo y equiparlo con bastimentos, lo que daba una idea aproximada de lo que suponía poseer una flota de guerra. Un buen botín cazado en el mar podía suponer varios centenares de miles de ducados, que equivaldría a la paga de un capitán durante varios años, o a los ingresos de un noble en todos sus señoríos durante 2 o 3 años.

jueves, 8 de mayo de 2014

SOPLAN VIENTOS DE HISTORIA II


 
El Puerto de Santa María

            El Puerto de Santa María formaba parte de la jurisdicción de la casa ducal de Medinaceli, que en el s. XVII era representada por Juan Francisco de la Cerda, padre, y Luis Francisco de la Cerda, su hijo. El Puerto había fechado el primer mapamundi que incluye América en el mundo conocido. Durante los siglos XVI y XVII, el Puerto es invernadero y base de las Galeras Reales además de sede de la Capitanía General del Mar Océano. Tenía actividad mercantil y naviera. Desde aquí se fletaban naves que recorrían las rutas de las especias, la seda, etc. En él se formaban marinos y navegantes, y estaba por delante de otras ciudades portuarias en sus funciones comerciales. La ciudad era el centro de la información política de toda Europa. En ella había importantes casas palacios cuyos interiores estaban lujosamente decorados con muebles de cedro, caoba, nogal o granadillo americano, mientras los suelos y muros eran revestidos de mármoles y pórfidos, todos ellos pertenecientes a la nobleza hidalga de los Cargadores a Indias, potentados de la urbe que además formaban el conjunto dirigente del Cabildo municipal.  
 


El colectivo de cargadores se hizo fuerte en el s. XVII al llegar comerciantes que hicieron prosperar El Puerto. Eran principalmente vascos y navarros, también había italianos o flamencos. La aristocracia vasco−navarra, ocupaba un lugar privilegiado en la sociedad porteña, y eran miembros del gobierno. Sería hacia 1717 cuando se trasladaría definitivamente la Casa de Contrataciones de Sevilla a Cádiz. En la ciudad se podían contemplar los palacios de los Reinoso Mendoza, Rivas, Oneto, Vizarrón, Araníbar, Voss, Idiáquez, Villareal o Purullena. Los que procedían de la zona de Santander eran conocidos por los naturales como “montañeses”. La mayoría llegaron para hacer fortuna, formando parte del concejo municipal, y gran parte de ellos se convirtieron en hidalgos, crearon un fuerte gremio pero mantenían constantes pleitos con las autoridades, debido a sus intentos de eludir las obligaciones y los pagos fiscales. Los montañeses eran pequeños propietarios y comerciantes que tenían negocios de comestibles y tabernas. Algunos eran almaceneros de bacalao y semillas, logrando altos ingresos que les aproximaban a la burguesía mercantil.

El Puerto de Santa María destaca fundamentalmente por su producción de vino y aceite, pero también por la sal que extraían de sus salinas al otro lado del Guadalete, y que exportaban a las Indias, para traer de allí patatas, maíz, pimienta, vainilla, índigo y otros productos americanos.  

            En el Muelle de las Galeras fondeaban las galeras reales que defendían la costa en el Guadalete. Junto a los muelles también estaba la ermita de Guía, a la que se encomendaban los navegantes antes de zarpar al océano. En la playa oeste se encontraba el Castillo de Santa Catalina y la ermita del mismo nombre, lugar desde donde salían las expediciones de conquista y exploración hacia las Américas.


            El río Guadalete llegaba hasta las orillas de El Puerto, y en el s. XV corría sin canalizar. En la sierra de San Cristóbal estaba la ermita de Sidueña, lugar donde estaban las canteras que producían la piedra que surtía la construcción de iglesias, monasterios y palacios de la ciudad. El castillo de San Marcos, sede del cabildo de la villa, pertenecía ya en el s. XV a los duques de Medinaceli. En lo alto de la zona ribereña, había en el s. XV un mesón llamado Posada del Toro, que pertenecía a la familia de los Varela. Algunos miembros del gobierno fueron los alcaides Diego y Charles de Valera. La Iglesia Mayor Prioral estaba en el centro de la urbe, cuya fachada fue acabada por el arquitecto Francisco de Guindos en 1671, conocida como Puerta del Sol, que había sido hundida en el terremoto de 1636.

 
En las Indias.

         Al principio de la conquista de las Indias, las colonias copiaron los modelos de organización jurídica y social de la metrópoli, pero traspasada la frontera del siglo XVII, las sociedades criollas comienzan a desarrollar sus propios protocolos políticos y de vida, aunque manteniendo una vinculación con Europa.

            Las mujeres que vivían en las colonias americanas estaban sometidas a las clases sociales que imponían su hegemonía virreinal. La sociedad colonial era una sociedad barroca, en la que se desarrolla una raza híbrida compuesta por la mezcla de múltiples pueblos y razas dominadas en los primeros años de la conquista. Los negros que sirven a las damas criollas, suelen ser mulatos o negros azabache con el pelo rizado.


            Los peninsulares descendientes de los conquistadores españoles, frecuentemente marginan a los nacidos en América porque les consideran de menor valía, ya que ellos se consideran los elegidos para levantar un nuevo mundo en las colonias. A menudo cuando un hidalgo sin fortuna, que no pertenece a familias nobles, se casa con una criolla de abolengo alto, los blancos americanos guardan cierto rencor hacia él, debido a que consideran que en cierto modo, está usurpando un puesto que no le corresponde. Estos blancos americanos suelen ocupar los más altos cargos administrativos, militares y eclesiásticos en cabildos dirigentes de los gobiernos coloniales, quienes están nombrados para decidir los destinos del imperio, sometidos casi en exclusiva al rey.

            Los negros americanos eran razas más débiles físicamente para el trabajo en las plantaciones de la caña de azúcar, y por tanto rendían menos, por eso los españoles y otros navegantes extranjeros, traían esclavos africanos, en especial de la raza mandinga, más fuertes y resistentes que los otros, tanto los hombres como las mujeres. Los mestizos fueron un producto de la unión de una india con un español, y eran habitualmente destinados al trabajo en la agricultura, las minas, los servicios domésticos o la construcción).

            La mujer en las Indias tiene una poderosa dependencia del hombre con el que está casada, participando de la consideración que éste tiene en la escala social, pero en todo caso siempre está sometida a la tutela del esposo, el padre o el hermano. La mujer por sí sola tenía la misión de venerar el matrimonio como una institución respetada, que garantiza un control social sano, mientras representa el honor de las familias adineradas europeas, sin embargo sus opciones eran pocas, pues solamente podía elegir entre el matrimonio o el convento. Frente a ellas, las mujeres del resto de las razas no están convencidas de ese pudor que se exige a las mujeres blancas, por lo que los maridos gozaban de unas y otras a través de la infidelidad, produciendo hijos ilegítimos sin que casi nadie se lo impida.
 


           
          En una época convulsa donde eran frecuentes las revueltas de esclavos o grupos de trabajadores, la iglesia católica y las órdenes religiosas hacían un papel educador fundamental para intentar mantener la inclinación de los hombres a la fe que profesaban; los jesuitas eran los que más prestigio gozaban, la obediencia era su guía, y solían ser consejeros en la corte virreinal, de este modo influyen en las decisiones del virrey, controlando a la población. También había franciscanos y dominicos, éstos últimos representaban a la Inquisición. En las colonias era especialmente venerada la Virgen de Guadalupe.

            Un personaje famoso del siglo XVII fue la religiosa Juana de Azbaje y Ramírez , sor Juana Inés de la Cruz (1651 – 1695), que nace en la hacienda de San Miguel Nepantla, en México, hija ilegítima de madre criolla, Isabel de Ramírez Santillana, y padre vasco, capitán Pedro Manuel de Asbaje y Vargas Machuca. Tomó los votos a los 17 años, y entró en el convento de San Jerónimo. Le gustaba escribir y estudiar ciencia, por lo que tuvo muchos problemas con los superiores y fue calificada de hereje. Defendió los derechos de las mujeres y su papel en las colonias. Murió en México en 1695.

 


miércoles, 9 de abril de 2014

ADIÓS PAPÁ...

 
 
 
 
Recuerde el alma dormida,         
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte             
tan callando,
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
  cómo, a nuestro parecer,            
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.


          Permanecemos juntos, unidos, caminando hacia adelante, hacia el futuro, mientras la fuerza de la memoria hace grandes y eternos a aquellos que nunca olvidaremos, a aquellos que continuarán a nuestro lado aunque no les veamos, aunque ya no estén...

         Y mientras ocupan un lugar invisible en nuestras vidas, sabremos que la grandeza y el carisma que definió sus vidas, seguirá ocupando un trono en nuestra mente y en nuestro corazón para siempre jamás...

         Adiós, Papá, siempre estaremos contigo, siempre estarás con nosotros...


Ávila, 9 de abril de 2014.







sábado, 5 de abril de 2014

SOPLAN VIENTOS DE HISTORIA I


            Cada época y cada tiempo tiene sus propias características, ayudando a los investigadores a extraer por sus mismos hechos, los diferentes momentos en que se desarrollan sucesos relacionados en distintos escenarios históricos, muchos de ellos consecuencia de otros, o raíz madre de lo que acontece en el futuro. Para estudiarlos, frecuentemente es interesante fijarnos en los detalles que caracterizaron numerosos rincones geográficos, y saber qué estaba ocurriendo en ellos a lo largo de un período.

            En este monográfico nos vamos a centrar en un marco que evoluciona básicamente en el siglo XVII, un momento crucial para España, donde habrían de desatarse los mecanismos que explican todo lo que sería y es nuestro país en los próximos 300 años, y cuyos fundamentos han llegado hasta hoy. Los textos que aparecen en este trabajo son notas resumidas producto de una larga investigación, donde aparecen imágenes relatadas de todo un proceso histórico que se estaba llevando a cabo.

            En el siglo XVII existían en España 15 provincias que en la práctica actuaban como si fueran naciones o reinos independientes, y en los que regían sus propios fueros e impuestos, que pertenecían al reino de Navarra, el reino de Aragón, el reino de Castilla, el reino de León, el reino de Toledo y el señorío de Vizcaya.
 

Entre 1536 y 1683 el noroeste de España llegó a sufrir hasta 16 graves crisis de peste epidémica que diezmaron la población, ya azotada por una terrible crisis de hambre y miseria debido a las malas cosechas. Algunos viajeros y peregrinos contaban que en el sepulcro de Santiago de Compostela, se escuchaban extraños ruidos de armas vaticinando que a los españoles les iba a ocurrir alguna desgracia, aunque obviamente se trata de una leyenda.

            En los mercados se abusaba de los precios ante la falta de grano y otros productos. Los matrimonios se casaban tarde, las mujeres en torno a los 22 a 23 años de edad, y los hombres en torno a los 26 a 27 años. Existían por doquier numerosos mendigos, especialmente en las grandes urbes, gente sin hogar que pasaba muchas necesidades y no tenía ni ayudas ni clase social para poder ganarse la vida. En cambio las gentes de alcurnia, disponían de todos los medios necesarios para poder controlar a la sociedad, y dentro de ella los precios que garantizaban sus beneficios en el mercado. Había mucha mortalidad por la falta de salud de la población, que carecía de medicamentos y de alimentos sanos que les ayudasen a superar las enfermedades.

            Hacia 1680, durante el reinado de Carlos II en España, había actuado como regente su madre Mariana de Austria, una mujer soberbia, de gran carácter pero con unas tremendas dotes políticas, aunque el poder en la sombra lo ejerció su confesor Juan Everardo Nithard, rechazado por la plebe en Madrid por haber prohibido el teatro y los toros, a los que eran tan aficionados los españoles. En aquel tiempo, el rey tenía como secretarios a D. Blasco de Loyola y D. Jerónimo de Eguía, naturales de Vizcaya.
          Desde 1670 el sistema de convoyes para la Flota de Tierra Firme y la Flota de Nueva España es obligatorio en el tráfico comercial con las Indias, y aunque no se impone a los barcos mercantes, resulta imprescindible para todos los viajes. Se contrata a los barcos de guerra para hacer el acompañamiento y dependiendo del contrato firmado, se cobra sobre la seguridad prestada, o sobre la mercancía transportada también, lo cual hace relevante el convenio cuando se trata de cargas de metales preciosos, joyas o productos de gran valor.

Hacia 1677 el país se vio inmerso en una terrible situación de malas cosechas en verano que se alternaron con grandes inundaciones en invierno, todo ello agravado con una enorme inflación y con la guerra contra Francia, ya que en este momento el imperio se hallaba más vinculado a la política con las Provincias Unidas e Inglaterra, desde el momento en que ambas potencias temen las ansias expansionistas del rey Luis XIV.  En 1598 se había firmado la paz con Francia, pero ésta continúa apoyando en secreto a los holandeses y dificultando las comunicaciones españolas entre Flandes e Italia.

            La piratería turca recorre el Mediterráneo cobrando los tributos que irán a para a Argel para el Gran Turco, y que es controlado por los Rais de sus galeras, a través de las razzias para interceptar las naves españolas y genovesas que llevan la plata y los pagos para los financiadores de las coronas europeas. De este modo también toman esclavos cristianos para usarlos como galeotes, o ser vendidos por un rescate en caso de tratarse de personas de alcurnia. El cónsul francés Compans, contaba que los convoyes más frecuentes solían ser de ingleses y holandeses en el camino a Génova y Liorna.

            Será a partir del año 1666 cuando se produzca el comienzo de relevo por la ciudad de Cádiz como punto de tráfico con las Indias, aunque lleva ya filtrando sus delegaciones desde finales del s. XVI. Es entonces cuando comienza a darse el fraude en la declaración del transporte de la plata en Cádiz, antes de salir para Génova. Tradicionalmente el transporte se hacía entre Cádiz y Barcelona por tierra, y desde ésta por mar. A partir de 1670 se hace desde Cádiz por mar en convoyes de naos y galeones, y las galeras catalanas pierden su papel en el Mediterráneo para el transporte de los escudos y reales de plata, o los sequins y ducados de oro. Este fraude resultaba más fácil en los grandes navíos a vela, porque no podían acercarse a tierra del mismo modo que las galeras, con lo cual, el contrabando en éstas estaba más controlado por los funcionarios, ya que forzosamente habían de entrar en puerto para ser amarradas.


            A finales del s. XVII, entra en Europa el maíz que es vendido desde España y Marruecos hacia los mercados de Italia y los Balcanes. El tabaco estaba controlado por Venecia, por lo que estaba prohibido su cultivo y su contrabando. El azúcar Brasileño era de mejor calidad que el de las islas francesas americanas, por ello, adquirido en Lisboa resulta más barato y mejor. Otros productos que surcaban el mar eran las sedas venecianas, el algodón de Amán o Antioquía, los vinos de Chipre o los caldos de El Languedoc francés. El pan de trigo de Turquía era blanco y grato al paladar, aunque algo pesado para digerir. También encontramos que Tolosa, capital de Guipúzcoa, era famosa por las hojas de espada que en ella se fabricaban, como lo había sido Toledo en el s. XVI, mientras llegaban a San Sebastián lanas procedentes de Castilla, que desde allí salían al extranjero, especialmente hacia Flandes. Desde Bilbao salían la mayor parte de las mercancías que se exportaban para Francia, Holanda e Inglaterra.

            Se puede decir que en el s. XVII, los caminos españoles eran muy malos para viajar, pues además de la falta de acondicionamiento, existían multitud de grupos de bandidaje en cada milla recorrida de todos los lugares. Las posadas adolecían mucho de las comodidades actuales, y los alimentos en general eran de poca calidad. El hospedaje podía costar alrededor de 1 real y medio o 2 reales, pero los posaderos solían resultar tan ladrones como los bandoleros de los caminos.

            La nobleza llevaba sus propios equipajes, tanto para comer como para dormir, aunque la clase alta les garantizaba las mejores habitaciones, mientras que los criados y soldados de escolta habían de pernoctar en las cuadras, de modo que pudieran cuidar y vigilar de paso a los animales de tiro. Por otro lado, las fronteras entre reinos imponían que hubiera que ir pagando derechos y mesnadas en todos los lugares por donde se pasaba (algo similar a las autopistas de pago actuales), en forma de portazgos, barcajes, peajes, alcábalas, castillerías, estancos, etc. Ello hacía que fuera demasiado costoso viajar por nuestro país, y suponía que solamente se hacía cuando era totalmente necesario, ya que no existía la idea del turismo tal como lo conocemos hoy. Las posadas que tenían fama de buenas eran las de Madrid, Sevilla, Lisboa y Cádiz, pero las mejores las regentaban casi siempre los franceses u otros extranjeros.
 

            Mientras tanto, dirigía los destinos de las Españas como valido el VIII duque de Medinaceli, Juan Francisco de la Cerda Enríquez de Ribera, casado con Catalina Antonia de Aragón Folc de Cardona y Córdoba, XI duquesa de Segorbe, gran rival de la reina Mariana, con quien mantenía conflictivos enfrentamientos, cocinados en las alcobas al calor de peligrosas intrigas palaciegas.

          En 1685, el duque Juan Francisco abandonará su ministerio en favor del conde de Oropesa. El IX duque de Medinaceli, Luis Francisco de la Cerda y Aragón, nacido el 2 de agosto de 1660 en el Puerto de Santa María, será el último representante de la sangre regia de su linaje, antes de caer en desgracia ante el rey francés Felipe V, que está por llegar al trono. Luis casa el 2 de febrero de 1678 con Maria de las nieves Tellez-Girón y de Sandoval, en la iglesia de Santa María la Real de la Almudena, en Madrid, con quien tuvo una hija, Catalina (1678 - 1681), y después un hijo, Luis (1678 – 1695) con alguien desconocido. Sus secreta conspiración contra Felipe V a favor de los ingleses, le valió prisión, muriendo en Pamplona el 26 de enero de 1711, aunque siempre se ha sospechado que el rey temía las consecuencias del poder del aristócrata, ante el cual elevó una memoria que le debía dejar exento de pagar impuestos a la Corona, en virtud de un acuerdo muy antiguo, por el cual los duques de Medinaceli, aceptaban renunciar a su derecho al trono a cambio de ciertos privilegios.